SOBREVIVIR A BARCELONA

Barcelona te devora. La ciudad más gay del planeta de la libertad se presenta, a priori, como un lugar lleno de oportunidades, contactos, playa, montaña y fiesta loca. Pero es mentira. Barcelona es cara, complicada y lleva años en clara decadencia.

Entonces, ¿por qué sigue viniendo la gente en masa? La respuesta está clara: hace un tiempo estupendo y se puede salir a mariconear. Es que no hay otra. En Barcelona se mariconea mejor que en ninguna otra parte. Incluso más que en Madrid. Y mira que Madrid hay más y mejores fiestas, más y mejor trabajo y se hace muchísimo más accesible a personas de otros lugares porque solo se habla castellano  por su ambiente integrador. Pero la vida gay en Madrid se vive de otra manera. Evitando que te den una paliza por maricón. De una manera demasiado discreta. Y Barcelona es un puterío máximo maravilloso y arrollador.

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Durante años miles de maricas modernas de provincias han venido a estrellarse una y otra vez contra el muro de la desazón que provoca una Barcelona mal entendida. Llegan con la sola idea de mariconear poder vivir en libertad, lejos de las miradas inquisidoras de los paletos armariados de sus pueblos, y se despreocupan de cómo van a vivir. Buscan trabajar de cualquier cosa, lo primero que salga, y acaban explotados en trabajos mal pagados que no les permiten prosperar en nada que no sea trabajar en hostelería y tiendas. Porque el modelo económico en Barcelona tras el ’92 ha sido claro: ¿Turismo? ¡Claro que sí guapi!

Y, obviamente, cuando sales de trabajar 12 horas por un mísero sueldo lo único que quieres es bailar. Y drogarte. Y follar. Y echarte a perder en un ciclo sin fin que lo envuelve todo. Durante el 2006, con la caída del Fotolog y el auge del Facebook, muchos maricas que habían venido a hacerse las Barcelonas huyeron despavoridos a sus lugares de origen o probaron suerte en MadridLondres. Aquí había poco que hacer tal y como estaban las cosas.

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Yo tuve la suerte de ver los toros desde la barrera. Antes de asentarme definitivamente en la Ciudad Condal aboné y sembré el terreno de manera eficiente para tener la seguridad de que florecieran los suficientes proyectos como para mantenerme a flote sin demasiados baches. No fue fácil, pero al menos entendí que Barcelona no era la solución, era el medio.

La forma más fácil de anclarse en Barcelona es buscarse un trabajo que te llene antes de llegar. Así evitas multitud de dramas. Pero si no puede ser y realmente quieres vivir en la ciudad como sea, entonces hay que buscar cualquier medio de sustento y sacrificarse un poco. El tiempo libre que te quede hay que dedicarlo a proyectos propios, a formarse, a encontrar el camino que uno realmente desea recorrer y no a pegarse la gran fiesta. Si uno se abandona en ese círculo vicioso de trabajo de mierda y noches sin descanso, está claro que el ánimo de menoscaba pronto.

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Yo siento que, después de siete años viviendo en esta ciudad, he conseguido sobrevivir a Barcelona. La ciudad no me ha devorado. Pero no son tiempos fáciles, así que tocará seguir luchando. Y la crónica de esa lucha la voy a ir publicando.

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